sábado, 7 de septiembre de 2019

¿Mi libertad termina donde empieza la del otro?


Que mi libertad termina donde empieza la del otro puede quedarse en un eslogan simplemente teórico, nada práctico, si se reduce la libertad a un concepto exclusivamente individualista, convirtiendo, además, dicha concepción en un absoluto. Entendida la libertad en estos términos, esta frase es un eslogan vacío de contenido, porque nadie sabe exactamente cuál es ese lugar donde termina la libertad de uno y empieza la del otro, y mucho menos quién y cómo fija ese límite.

         Una concepción de la libertad individualista, por tanto, reduccionista, está detrás de otra frase que hemos oído muchas veces: “Hago lo que quiero porque soy libre”. Millones de personas la han esgrimido para hacer cuanto les viene en gana, sin saber, en realidad, que no están haciendo un uso de la libertad que les humanice. En efecto, esta sentencia parece hablar a favor de la libertad del ser humano, pero, en el fondo, es signo de una gran esclavitud: la esclavitud del yo.

La visión de una libertad individualista se entiende únicamente como posibilidad de elegir, no como capacidad para respetar mi dignidad y hacer el bien a los demás. Estos no son los que están cerca de uno y comparten las mismas opiniones; sino, sobre todo, son aquellos con los que nos encontremos a lo largo de nuestra vida, especialmente, los más débiles y vulnerables.

Un primer paso hacia la plena libertad consistiría en la autorregulación, es decir, en un control de nuestros deseos, asumiendo la responsabilidad de nuestra actuación personal.

Un segundo paso sería llevar a cabo en nuestra vida el dicho por todos conocido: "Trata a los demás como querrías que te trataran a ti o no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti".

Un tercer paso consistiría en ser empáticos, es decir, en ser capaces de ponerse en lugar del otro. No hay auténtica empatía, si no ponemos en práctica acciones para no ofender a los demás. No juzguemos: ¡Antes de juzgar mi vida o mi carácter... ponte en mis zapatos!

Somos libres para hacer el bien, para ser responsables de los demás y del mundo. Una libertad meramente individual, olvidándonos del otro, se convierte en libertinaje. El ser humano no es un ser aislado, no es una isla, sino que es un ser que es y vive en convivencia con los demás. No se es independiente como si no se tuviese relación con los otros. Las acciones de todo ser humano influyen en uno mismo y en los demás.

sábado, 13 de julio de 2019

Los Límites de la Libertad

No cabe duda de que la sociedad actual está imbuida por la prioridad de la libertad individual, lo que condiciona que la bandera de dicha libertad se esgrima como objetivo fundamental en cualquier debate.
De ahí que hablar de los límites de la libertad sea un tema paradójico y extraño. Gran parte de esta extrañeza radica en comprender, justamente, la libertad desde un punto de vista exclusivamente individualista. Dicho claramente, si se parte de una concepción de libertad individualista y solipsista, esto es, cerrada en sí misma, ésta se erige en fuente del derecho y, en consecuencia, los deseos individuales son creadores de derechos. Este modo de entender la libertad la reduciría a un simple choice (capacidad de elegir entre varias opciones).
Además, los límites sociales y morales de la libertad, cuya existencia no se pueden negar, permiten, entre otras cosas, que el ser humano se relacione con los demás y que pueda comprenderse a sí mismo. Son condiciones de posibilidad para la acción. Sin ningún límite no podríamos actuar. Vienen a ser como los márgenes de una carretera, que, por un lado, reducen las posibilidades de nuestra conducción, pero por otro, habilitan para que ésta sea segura y, al mismo tiempo, nos indican cuál es el camino más viable.
Hace unos 300 años, el filósofo inglés John Locke escribió lo siguiente: “Donde no hay ley no hay libertad. Pues la libertad ha de ser el estar libre de las restricciones y la violencia de otros, lo cual no puede existir si no hay ley; y no es, como se nos dice, ‘una libertad para que todo hombre haga lo que quiera’. Pues ¿quién pudiera estar libre al estar dominado por los caprichos de todos los demás?”.
Así también, solo es posible el progreso científico, si hay límites, no en el sentido de freno o retroceso, sino los límites necesarios que sirvan de cauce a la libertad humana y posibiliten la mejora del ser humano y de la humanidad.
La mejora del ser humano que nos rodea es un buen termómetro para medir nuestra libertad. En efecto, la libertad sólo es totalmente libre y humana si se traduce en el compromiso individual para hacer el bien.
Por lo tanto, es un error pensar que existe una libertad individualista todopoderosa y egocéntrica fuera de cualquier límite racional. No es un absoluto. Uno no puede querer la libertad sólo para sí mismo, puesto que no hay ser humano sin los demás. La libertad de cada uno (para que sea tal y se la pueda denominar así) ha de estar siempre conectada a la responsabilidad por todos aquellos que nos rodean, por la humanidad entera y, sobre todo, por los más débiles y vulnerables.

sábado, 15 de junio de 2019

Aspectos positivos y diferenciales de la Educación en Libertad


La familia educa en y para la libertad. Así es, la educación en libertad que se da en la convivencia familiar es un proceso de ayuda a la adquisición de la madurez personal procurado a través de múltiples estímulos y en situaciones muy diversas. Es un proceso también para facilitar a los hijos el libre desarrollo de su capacidad, a través de la adquisición de conocimientos, hábitos y destrezas, virtudes y actitudes, que le faciliten el dominio sobre sus propios actos. Un proceso, en definitiva, que permite a cada hijo formular su proyecto personal de vida y le ayuda a fortalecer su voluntad de modo que sea capaz de llevarlo a término, al tiempo que desarrolla su capacidad de amar.
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No hay que olvidar que el dominio de sí mismo, la templanza, el señorío sobre los propios actos, las apetencias es condición y raíz de libertad. En este sentido, la libertad de cada persona, entendida en estos términos, se impone como el dato previo y fundamental de cualquier programa de educación en la familia y en la escuela. Y esto lo hace la familia.

            De este modo, educar la libertad significa:

-       ayudar a preguntarse a uno mismo qué significa ser libre, y a adquirir conciencia de que la respuesta no es ni evidente ni inalcanzable.
-       entender que no hay una vida sensata si uno no tiene mínimamente presente esa pregunta y reflexiona sobre las alternativas que se le presentan.
-         saber que muchas de esas alternativas serán contrarias a las propias inclinaciones o apetencias, o a las de la época en que uno vive.

Por consiguiente, la persona educada en la libertad es aquella capaz de rechazar las respuestas fáciles y preferidas, porque conoce otras respuestas de más digna consideración, porque busca la verdad y conoce el para qué de la libertad, su finalidad y su sentido. Con todo, no hay que olvidar que la libertad ni es un valor absoluto, ni tiene razón de ser en sí misma: es un medio, un bien fundamental, que me permite conseguir otros bienes.

Educar supone hacer pensar. Una auténtica educación de la libertad en la familia ha de pretender que los hijos se "aficionen" a buscar la verdad, sin olvidar que los seres humanos podemos ser muy aficionados a buscar la verdad, pero bastante reacios a aceptarla.

Por último y, en definitiva, para educar la libertad es preciso atender a la totalidad de la persona: la inteligencia, la voluntad, la afectividad y el sentido trascendente. Y esto lo hace la convivencia familiar.

viernes, 26 de abril de 2019

La Convivencia Familiar: Escuela de amor y gratuidad


Hay que decir que la familia es la escuela de la vida y “hace” educación con la vida, con las relaciones entre sus miembros.

Así pues, la familia es un marco privilegiado de reciprocidad, de afecto y de comunicación que sirve de contenido a los conceptos de amor y gratuidad. En la convivencia familiar las personas descubren recíprocamente las posibilidades entre las que sobresale crear relaciones de convivencia, modos valiosos de unidad vital porque facilitan que cada persona suscite lo mejor de sí. Por lo tanto, en la familia sus miembros explayan todo lo que son, se relacionan personalmente con otros.

En el fondo, en el seno familiar se desenvuelven los radicales del ser persona. Es lugar del amor para aceptar la existencia de las personas y para contribuir a su potencialidad. Se comprende la gratuidad, cayendo en la cuenta que lo más importante de esta vida es gratis.

La convivencia familiar es una escuela de amor porque la familia es el lugar en que se respeta y se ama la singularidad de cada uno. Además, también la convivencia familiar es escuela de gratuidad porque el aprendizaje de la misma es fuente de sociabilidad que contribuye a hacer sociedades más personales.

sábado, 30 de marzo de 2019

La Complementariedad de lo Femenino y lo Masculino


No se puede conciliar trabajo y familia si no se defiende la complementariedad de lo masculino y femenino. El “feminismo” de la complementariedad, que supera el machismo, la "masculinización" de las mujeres, la "feminización" de los varones y considerar el sexo masculino como lo peor, pretende conservar y ahondar en la defensa de la igualdad de derechos. Es decir, intenta aunar las categorías de igualdad y diferencia entre hombre y mujer. Se trata de evitar caer en los errores, tanto del “subordinacionismo”, como del igualitarismo. Ambos son excesos en los que han incidido quienes han desequilibrado la balanza a favor de la diferencia o, por el contrario, de la igualdad.

Hablar de complementariedad es presuponer que hombres y mujeres somos diferentes, pero, y al mismo tiempo, iguales: esto hace que seamos complementarios (perspectivas y enfoques complementarios de la realidad).

Pero no hay que obviar que tales diferencias no llegan a romper la igualdad ontológica, en cuanto que hombres y mujeres somos personas y, por lo tanto, poseemos la misma dignidad ontológica. De este modo, la distinción presupone necesariamente la igualdad. Existe solamente una persona con dos modalidades: la femenina y la masculina.

Esa complementariedad del varón y la mujer es un medio para conciliar trabajo y familia en el reparto de responsabilidades domésticas y económicas. Desde esa igualdad ontológica entre mujer y varón solamente es posible armonizarse el trabajo de los dos y la familia.

En resumen, la complementariedad implica la inadecuación de imponer un concreto modelo, ya sea masculino o femenino, de actuación. Partiendo de la igual dignidad de los seres humanos, lo que encontramos son diferentes y complementarias "cristalizaciones" de los valores y cualidades: lo femenino y lo masculino.

viernes, 1 de marzo de 2019

Los Ejes de la Sexualidad Humana



1. Eje o dimensión generativa: Integra la procreación y la genitalidad. Ésta tiene su sentido último en aquélla. No entender la genitalidad como un aspecto cerrado en sí mismo. Y tampoco reducir la sexualidad a genitalidad. Aquella es más amplia. Engloba la genitalidad.


2. Eje o dimensión afectiva: En el ser humano la genitalidad es expresión de la afectividad, tal es así que “hacer el amor” deja huella en la propia personalidad. El ser humano “hace” el amor, no solamente tiene sexo.

La genitalidad en el ser humano (como todo en el ser humano) tiene un “plus” de sentido: la afectividad. En el ser humano la genitalidad siempre va unida a la afectividad. La genitalidad sin afectividad positiva va en detrimento del ser humano.


3. Eje o dimensión cognitiva: Conocer significa amar y amar significa conocer. Cuanto más se ama a una persona, mejor se la conoce. Y cuanto mejor se la conoce, más se la quiere. Y no se conoce y ama a una persona de la noche a la mañana. Se requiere tiempo, profundidad, compartir buenos y malos momentos, risas, lloros, confrontar pensamientos, ideas….para conocer a una persona cómo piensa, cómo reacciona, cómo actúa....

sábado, 2 de febrero de 2019

Los Fundamentos de la Comunicación Matrimonial


1. Los elogios

Si hay quejas decirlas, siempre éstas mejor que las críticas. Es recomendable verbalizar los aspectos negativos que van ocurriendo en la relación matrimonial. Pero antes de plantear una queja hacia la otra persona hay que evitar tener un tono emocional negativo. Pedir perdón y perdonar genera paz. Compartir las emociones negativas. Saber escuchar. Acostumbrarse a compartir momentos positivos. Potenciar las virtudes  y, por último, es necesario que los cónyuges potencien las virtudes.

2. No una actitud defensiva.

3. Respeto.

4. No una actitud evasiva.

Luego, los puntos esenciales son:

-Amar y ser amado.

-Conocer y evitar los errores de la comunicación en el matrimonio.

-Saber compartir las emociones negativas.

-Saber escuchar al cónyuge.

-Mantenerse sereno y con actitud constructiva.

-Perdonar con facilidad.

-Compartir momentos positivos.

-Reconocer el valor del otro.